Cuento: Las cuatro estaciones

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Hay momentos en los que la vida parece torcerse… momentos en los que vemos a una persona y nos parece mentir que se esté comportando como se está comportando. Momentos en los que no entendemos porqué las cosas suceden como están sucediendo….  Y a veces, juzgamos por lo que vemos en “ese momento”.

Uno de los cuentos sobre emociones para adultos que he compartido en mi blog, en cierta forma relacionado con este tema, con “juzgar” las situaciones, es el cuento de El caballo perdido del anciano sabio.  Te invito a leerlo, luego de leer este otro cuento con moraleja…

CUENTO LAS CUATRO ESTACIONES

Había un hombre que tenía cuatro hijos. Quería que  aprendieran a no juzgar las cosas superficialmente; entonces envió a cada uno por turnos a ver un manzano que estaba a una gran distancia.

El primer hijo fue en el Invierno, el segundo en Primavera, el tercero en Verano y el hijo más joven en el Otoño. Cuando todos ellos  regresaron, les llamó y juntos les pidió que describieran lo que habían visto.

El primer hijo mencionó que el árbol tenía las ramas desnudas, que estaba doblado y retorcido.

El segundo dijo que no, que estaba cubierto con brotes verdes y lleno de promesas.

El tercer hijo no estuvo de acuerdo,  dijo que estaba lleno de flores y colorido, que tenía un aroma muy dulce y se veía muy hermoso.DSC05262_opt

El último de los hijos también discrepó, dijo que estaba lleno de frutos y hojas,  repleto de vida y satisfacción.

Entonces el hombre les explicó a sus hijos que todos tenían  razón, pero que cada uno había visto solo una de las estaciones de la vida del árbol.

Les argumentó que no debían de juzgar a un árbol, o a una persona, por solo ver una de sus temporadas, y que la esencia de lo que son,  su experiencia vital,  solo puede ser  medida al final, cuando todas las estaciones han pasado.

Si  te das por vencido en el invierno, habrás perdido la promesa de la primavera, la belleza del verano y la satisfacción del otoño. No dejes que el dolor de una estación destruya la dicha del resto.
No juzgues la vida por solo una estación difícil. Persevera a través de las dificultades y malas rachas… mejores tiempos seguramente vienen por delante.

Viki Morandeira 

Coach Ontológico

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Cuento: La prisión del odio

¿Quién sufre cuando años después de una situación dolorosa, injusta, aún conserva odio y rencor en su corazón?

La vida no siempre nos trata bien, no siempre es justa y puede tocarnos vivir situaciones de injusticia terribles. ¿Es justo el maltrato que sufrimos a manos de nuestra pareja o de nuestro padre o madre? ¿Es justo que una persona sufra y sea maltratada por otra? El maltrato en ningún momento puede considerarse justo, ni merecido, ni nada por el estilo!!! ¿Es justo que por una negligencia médica perdamos a un ser querido? ¿Es justo que por un conductor ebrio otra persona, solo por coincidir en tiempo y lugar, sufra las consecuencias de las malas decisiones de otra? La vida puede enfrentarnos a situaciones de injusticia, dolorosas, que pueden resultar difíciles de aceptar.

Aceptar el pasado y poder perdonar, incluso aunque nadie nos haya pedido perdón, no significa que lo que no has sucedido no fue importante, no significa que no fue algo grave o terrible… Perdonar nos hace un bien a nosotros. Comparto contigo este cuento, y luego, continuamos reflexionando sobre como aprender a perdonar. 

Cuento: La prisión del odio

Dos hombres habían compartido injusta prisión durante largo tiempo en donde recibieron todo tipo de maltratos y humillaciones. Una vez libres, volvieron a verse años después. Uno de ellos preguntó al otro:

– “¿Alguna vez te acuerdas de los carceleros?”

– “No, gracias a Dios ya lo olvidé todo”, contestó. “¿Y tú?”

– “Yo continúo odiándolos con todas mis fuerzas”, respondió el otro.

Su amigo lo miró unos instantes, luego dijo:

– “Lo siento por ti. Si eso es así, significa que aún te tienen preso”

Aferrarte a la ira es como agarrar un carbón ardiendo para tirárselo a otra persona_opt

 

A veces, nos decimos a nosotros mismos. Debo perdonar. Debo perdonar….

¿Es verdad que “debas” perdonar?  ¿Es realmente un deber, una obligación?  NO, nadie está obligado a perdonar a nadie. No es una obligación. Si de pequeños, peleábamos con alguien , con nuestra prima o un hermano y nuestros padres nos decían, tienen que perdonarse… ¿Realmente nos perdonábamos? Quizá decíamos, Bueno, te perdono, pero solo para que nuestros padres o abuelos no siguieran con el sermón!!!

Perdonamos cuando decidimos dejar de cargar el dolor, cuando decidimos que queremos estar en paz, cuando decidimos que ya hemos sufrido suficiente.

Perdonar es una decisión personal, no es un deber, ni significa que no te dolió lo que sucedió, ni tampoco hay relación directa entre la gravedad de la ofensa y el tiempo que “debamos” permanecer sin perdonar, para que se den cuenta de lo grave de su acto.

Nuestra mente, SE RESISTE. Porque tiene un concepto equivocado del perdón. Podemos creer que al perdonar, lo que transmitimos a la otra persona, a los demás, es que no fue tan grave. Creemos incluso que algunas ofensas, algunos hechos,  “no deberían perdonarse”. Y así, desde este creencia limitante, estamos limitando nuestra capacidad de volver a ser felices. Nos negamos a nosotros mismos la felicidad, la paz.

Perdonar es un proceso complejo, y muchas veces requiere ayuda específica para poder llevar a cabo ese proceso. Entenderlo y así poder transitarlo, paso a paso hasta recuperar la libertad para nuestra mente, para nuestro corazón.

Perdonar es una elección que hacemos en nuestro corazón, y a veces, antes de poder perdonar, necesitamos ACEPTAR que hemos vivido esa situación.

El día que yo pude decir, para mi, pero en voz alta, Esto fue lo que me sucedió, y lo acepté, como parte del pasado, como algo que había sucedido, como algo que le sucedía a millones de personas en el mundo y no algo excepcional que solo me había ocurrido a mi, ese día me sentí libre.

Dice una frase: Aquello que te resistes, persiste. Lo que aceptas, se diluye. 

Podemos permanecer, como uno de los personajes del cuento, siendo prisioneros de los sucesos de nuestro pasado…  Podemos tomar con nuestra mano un carbón ardiente cada vez que volvemos a recordar ese pasado que no hemos aún perdonado. Pero también podemos tomar una decisión de AMOR hacia nosotras, hacia nosotros y comenzar un proceso de perdón. Nuestra decisión comienza en un instante, cuando podemos decirnos Elijo estar en paz. Elijo perdonar.

Y comienza así el trabajo de sanación, inicia el proceso del perdón, la aceptación, la comprensión de lo vivido. Puedes hacerlo, por ti. Y puedes pedir ayuda. Perdonar es liberarte de esa cárcel en el que aún estás.

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Viki Morandeira 

Coach Ontológico

Taller Sanación Emocional. Como perdonar y olvidar. 

Cuento: Los dos halcones del rey

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¿Puedes o no puedes? A menudo, cuando hablamos sobre nosotros mismos, nos mostramos como personas incapaces para realizar determinadas tareas.

  • Yo no sé cocinar.
  • A mi las plantas no se me dan bien, siempre se me mueren
  • Yo no soy bueno para el deporte.
  • A mi hablar en público se me da muy mal, no puedo hacerlo.

¿Cuáles son tus “no puedo”, “no sirvo”, “no valgo”, “no sé”?

Piensa un poco… Mientras lo piensas, me gustaría compartir contigo este antiguo cuento que se llama:

Los dos halcones del rey

Un rey recibió como obsequio dos pichones de halcón y los entregó al maestro de cetrería para que los entrenara.

Pasados unos meses, el instructor le comunicó que uno de los halcones estaba perfectamente educado, pero que no sabía qué le sucedía al otro: no se había movido de la rama desde el día de su llegada a palacio, e incluso había que llevarle el alimento hasta allí.

El rey mandó a llamar a curanderos y sanadores de todo tipo, pero ninguno pudo hacer volar al ave. Encargó entonces la misión a miembros de la corte, pero nada sucedió; por la ventana de sus habitaciones, el monarca veía que el pájaro continuaba inmóvil.

Publicó por fin un bando entre sus súbditos solicitando ayuda, y a la mañana siguiente vio al halcón volar ágilmente por los jardines.

– Traedme al autor de ese milagro -dijo.

Enseguida le presentaron a un campesino. – ¿Tú hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo lograste? ¿Eres mago, acaso? Entre feliz e intimidado, el hombrecito explicó:

– No fue difícil, Su Alteza: sólo corté la rama. El pájaro se dio cuenta de que tenía alas y se lanzó a volar.

Lo que nos frena, lo que nos impide poder cuidar de una planta sin que muera es no intentarlo. Hace 9 años yo también decía: A mí las plantas no se me dan bien, siempre se me mueren!!!  Hasta que un día decidí que eso no era verdad, que no era algo para lo que yo no valía, sino algo que yo no había intentando con la dedicación que requiere cuidar una planta. Lo mismo ocurre con tus “no puedo”, “no valgo”, “no sé”.

Si no sabes, ¿no será porque no has invertido el tiempo suficiente en saber?

Si no vales, ¿no será acaso porque no has probado una y otra vez, hasta “valer”?

Si no puedes, ¿no será porque aún no te has dado cuenta que tienes alas y puedes hacer mucho más de lo que te imaginas?

¿Qué ganas al decirte, a ti mismo, a ti misma, que no puedes, que no sabes, que no vales? ¿Realmente crees que no vales o es una respuesta cómoda, una actitud cómoda, para no tener que aprenderlo? Por supuesto que no es eso, sino que estás ahí, sobre esa rama, que te sostiene. Tu mente te dice, Yo no sé. Yo no puedo. Y ese pensamiento es la rama en la que permaneces inmóvil, autoconvenciéndote de que no puedes.

Mira a tu alrededor. ¿Cuántas personas pueden cocinar, saben cocinar, valen para cocinar? ¿Cómo crees que han comenzado? Supongo que empezaron como todo el mundo, desde cero, mirando como otros cocinaban (o conducían un coche, o pilotaban un avión, o ponían en marcha un emprendimiento).

NO estoy hablando de cocinar o conducir, sino de tomar decisiones. ¿Realmente quieres aprender a hacerlo? ¿Realmente quieres dejar de decir “a mi las plantas siempre se me mueren”? Si quieres, puedes. Si quieres, aprendes. Si lo intentas, ya estás un paso adelante de todos los que se quedan diciendo “yo no”, como yo misma decía hace algunos años.

Toma conciencia. ¿De qué no te crees capaz? ¿Es “real” que no seas capaz? ¿Qué te lo impide?

Ante algunas situaciones, como hablar en público, podemos tener miedo, vergüenza, creemos que lo haremos tan mal que pueden reírse de nosotros o que nos pondremos rojos como un tomate… Y es nuestro miedo el que nos hace “no poder”, no algo que nos ocurra, no algo “real” que nos impida hablar. Por supuesto que ese miedo es real, lo sentimos, nos hemos puesto rojos en el pasado y nos desagrada esa sensación. Pero ese “no puedo” no es una realidad que no podamos cambiar. Ese “no valgo” puede superarse ganando autoconfianza.

Este es otro de mis “no puedo” anteriores al coaching. Me frenaba el miedo, me paralizaba la idea de ponerme colorada, de tartamudear (cuando nunca había tartamudeado en mi vida) o de quedarme en blanco sin saber qué decir…. Pero los miedos se vencen enfrentándolos. Si quieres conocer cómo enfrenté yo este miedo, te invito a leer otra entrada de mi blog.

Aumentar la confianza en uno mismo

¿En qué ramas te apoyas para no hacer todo lo que sí puedes hacer? ¿Piensas seguir negándote la posibilidad de crecer y ganar confianza en ti mismo, en ti misma? En un proceso de coaching trabajamos sobre la falta de confianza, sobre el miedo que nos paraliza, sobre la falta de seguridad en que podamos hacer más de lo que nos creemos capaces. Poder, puedes. Ahora solo falta que tomes una decisión, un compromiso contigo y que comiences a dar los pasos necesarios para demostrarte que ERES CAPAZ!!

Viki Morandeira

Coach Ontológico

Cuento: Las puntas del jamón

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¿Te cuestionas porqué haces las cosas como las haces? Muchas veces, en nuestro afán de hacer “lo mejor”, no tenemos en cuenta que hay muchas maneras de hacer lo mejor y que no solo la nuestra es la válida.

Permíteme compartir contigo este relato, que leí hace tiempo, en una versión diferente a la que recoge  Jorge Bucay en su libro, Cartas para Claudia. y que he variado ligeramente.

Cuento: Las puntas del jamón

Una noche, Mariana, está preparando la cena. Coge unas lonchas de jamón, le corta las puntas y las pone en la plancha para dorarlas ligeramente. Su esposo, al ver esto, le pregunta: ¿Por qué cortas las puntas a cada loncha de jamón?

Mariana, lo mira desconcertada, pero también contrariada, porque siente que con esa pregunta su esposo le está diciendo: “lo estás haciendo mal”. Y le responde. Se hace así.

¿Y porqué se hace así? le pregunta su esposo, aún más desconcertado por el tono que ha puesto Mariana en su respuesta.

Pues porque siempre lo hemos hecho así en mi casa, mi madre siempre lo ha hecho así. – fue la respuesta de Mariana. Y ahí quedó el tema…

A la semana siguiente, van a almorzar a casa de su madre, y Mariana, sin que su esposo la escuche, le pregunta, ¿Mamá, porqué hay que cortarle las puntas a la loncha del jamón? Su curiosidad, no era quizás tanto por saber, sino por demostrarle a su esposo que ella estaba en lo cierto. Su madre, le respondió: No lo sé, yo siempre lo he hecho así, porque tu abuela lo hacía siempre así. Espera, vamos a llamar a la abuela y se lo preguntamos.

La abuela, que estaba en el salón, escuchó la pregunta de las dos mujeres.

¿Mamá, porqué le cortas las puntas al jamón para cocinarlo?

Y la abuela, sorprendida por lo obvio de la pregunta, respondió: ¡Porque mi plancha es pequeña y si no le corto las puntas no entra!

A veces, tenemos absoluta certeza en que las cosas se hacen como nosotros las hacemos. No nos hemos cuestionado si hay otras maneras, iguales o mejores que la nuestra. Cuando alguien nos pregunta sobre algo que hemos hecho, decidido, de determinada manera, (la nuestra) podemos tomarnos esto como una crítica, como un ataque y responder a la defensiva. Nosotros tenemos un motivo, incluso aunque no lo conozcamos, incluso aunque sea un error, lo hacemos así porque nuestra mente dice que lo hagamos así.

¿Realmente nos están atacando cuando nos preguntan porqué tenemos que ir por tal calle y no por otra? ¿Realmente están criticando lo que hacemos cuando nos preguntan porqué ponemos la sal a la carne antes de ponerla en la plancha? Cuando una persona pregunta, lo hace porque no comprende, porque su mente le ha dicho que se hace de otra manera. NO nos están criticando o cuestionando.

También hay que tener en cuenta, que si la otra persona hace o decide algo, tiene sus motivos, aunque nosotros no los comprendamos y que al preguntarle, puede sentir que le atacamos, que no aprobamos su manera de hacer las cosas.

Hablar no es sinónimo de estar comunicándonos efectivamente. Cuando no entiendas, pregunta, pero deja claro que es para entender, no por juzgar. Cuando te pregunten, piensa que no te están juzgando, sino, intentando comprender porqué haces lo que haces, y que a esa persona le resulta extraño… su mente lo ve de otra manera.

Muchas veces, este tipo de conflictos, si se dan repetidamente, pueden ir mermando  la calidad de las relaciones. Por eso es importante tener en cuenta que si somos nosotros quienes no comprendemos, es necesario que cuidemos las formas, las palabras que utilizamos al preguntar, para que nuestra necesidad de comprender no sea el origen de un conflicto. Recuerda, que no es obligación del otro entenderte, sino una tarea nuestra explicarnos para ser entendidos. Es una tarea nuestra no herir al otro y si pensamos que puede sentirse esa persona cuestionada, juzgada, con nuestra pregunta, hemos de escoger bien las palabras para hacerla sin que le dañen.

Y si es a nosotros a quienes nos preguntan, recuerda que no es el afán del otro cuestionarte o juzgarte, sino, simplemente, comprender porque su mente no cortaría las puntas del jamón.

Viki Morandeira

Coach Ontológico

Cuento: La historia de las llaves

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Existen cientos de cuentos cortos para motivar a dar un paso fuera de la zona de confort, para adentrarnos en esa zona desconocida, donde todo es nuevo y nos sentimos inseguros. Quizás este cuento La historia de la llave, es uno de los más sencillos de recordar para poder aplicarlo en nuestra vida diaria.

Cuento: La historia de las llaves.

Una noche, mientras paseaba por mi barrio, me encontré a un hombre que buscaba desesperadamente algo. Me sorprendió observar que, mientras se llevaba las manos a la cabeza y decía sin cesar, “¿dónde se habrán caído?”, daba vueltas y vueltas dentro un círculo muy reducido cuyo centro era una farola…

Me acerqué y le pregunté si le podía ayudar.

– ¿Puedo ayudarle?

– Sí, claro, por supuesto…

– ¿Qué ha perdido?– le pregunté mientras comenzaba a buscar sin saber qué buscaba.

– Las llaves de mi casa. ¡¡Las malditas llaves de mi casa!!– me contestó con un tono de angustia en su voz.

– No se preocupe– le dije para tranquilizarle-seguro que las encontramos. Me puse a buscar, y mientras lo hacía le pregunté

– ¿Está seguro de que se le cayeron por aquí?

– Pues la verdad es que no – me contestó – pero aquí hay luz.

Cuando tenemos algo que resolver, buscamos en el pasado, en la experiencia previa ya que ahí es donde tenemos “luz” pero no siempre la solución estará ahí. Cuando la situación a la que nos enfrentamos es NUEVA, o hasta ahora no hemos podido resolverla con las herramientas y conocimientos que ya tenemos, seguir buscando en “la luz”, en el pasado, puede ser como el sucedo del cuento, permanecer buscando en la “farola” dando vueltas alrededor de la luz.

En lo nuevo, en lo que está oscuro, en aquellas situaciones que están fuera de nuestra zona de confort podemos sentir inseguridad, miedo y, por lo tanto, muchas veces vamos retrasando el momento de enfrentarlo, lo rechazamos.

Si otros ya pudieron resolver esa situación antes, ¿qué te impide a ti poder comprender y aprender a resolverlo? Posiblemente puedes resolverlo, si dejas de buscar alrededor de lo ya conocido, si desde el valor decides enfrentar la situación “con una linterna”.

¿Cuáles pueden ser esas linternas?

  • 1.- Creatividad.  

No se consiguen nuevos retos,  ni nuevos resultados siendo el mismo, buscando solo en la zona de luz. Un nuevo reto requiere un nuevo “yo”, requiere utilizar la creatividad para enfrentarnos a aquello que aún no hemos hecho.

  • 2.- Optimismo.

El miedo puede ser una de las fuentes de mayor oscuridad. Si en nuestra mente solo albergamos pensamientos derrotistas, negativos, si sentimos que no podemos dejar de ser pesimistas, es probable que estemos paralizados. Por eso el optimismo es una de las mejores linternas que podemos llevarnos al buscar ampliar nuestra zona de confort. ¿Porqué pensar que puede salir mal si cuesta lo mismo y es más productivo pensar que puede salir bien? Inténtalo.

  • 3.- Atreverse a cometer un error. 

Otra de las situaciones que nos hacen seguir buscando en la luz, en el pasado, es el miedo a cometer un error. Tenemos un gran temor al error, porque solemos creer que equivocarnos es demostrar que somos menos inteligentes, menos capaces….  A veces es necesario grabarnos a fuego que el aprendizaje llega con el intento, llega con atrevernos a hacer algo incluso sabiendo que podemos equivocarnos. Equivocarse no es un error, el error es no arriesgarse a fallar.

  • 4.- Aceptar el error con humildad

Dicen que errar es humano, ¿verdad? Cuando intentamos ocultar un error, cuando lo tapamos para que los demás no se den cuenta de que nos hemos equivocado, estamos demostrando arrogancia. Es arrogante creernos perfectos!! Recuerda aquella frase que dice: Solo sé que no sé nada. Solo un sabio puede asumir con total humildad que es humano, que la verdadera sabiduría está en asumir nuestra propia ignorancia, como decía Sócrates.

¿Qué vas a hacer la próxima vez que sientas miedo ante una situación que aún no has tenido que enfrentar? ¿Dudar, paralizarte, buscar en lo que ya sabes, dar vueltas y vueltas junto a la farola?

En lugar de alimentar el pesimismo, intenta pensar en que puede salir bien y que incluso, si algo sale mal, eso será una fuente de aprendizaje. La única manera de ganar confianza en uno mismo es arriesgándose a que pueda salir mal. Cuando lo logramos, cuando al fin vemos que hemos llegado a la meta, la sensación de satisfacción interior nos da fuerzas para creer cada día más en nosotros.

Quien no hace, no crece. Quien no se equivoca, no aprende. Quien no teme, no está haciendo nada nuevo.

Viki Morandeira

Coach Ontológico.

Taller Libera tu Potencial con PNL

Cuento: La Furia

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La furia, la rabia, la ira… Yo creo que ninguna persona en el mundo puede decir que jamás ha experimentado un momento de furia. Pero también creo posible afirmar, que hay personas que han aprendido a gestionar esta emoción sin que destroce, sin que rompa, sin que dañe ninguna de sus relaciones personales ni se dañen a si mismas.
Reprimir las emociones no es saludable. Una emoción es una expresión de nuestra mente, nos habla de lo que pensamos, de cómo pensamos sobre lo que nos sucede, por eso, si algo nos produce furia, enfado, ira, en lugar de explotar o en lugar de tragarnos esta emoción, será mejor buscar entender de donde viene esta emoción. En el taller online de Inteligencia Emocional, uno de los temas donde nos detenemos a profundizar es precisamente en el Enfado.
Si tienes dificultad para gestionar los momentos de ira, de rabia, sigue leyendo,

Cuento: La furia

Un estudiante de Zen fue a su maestro porque tenía una gran preocupación, y le dijo, “Maestro, tengo un carácter ingobernable. ¿Como puedo curarmelo'”.
“Muéstrame ese carácter”, le dijo su maestro, “parece fascinante”.
El estudiante se quedó un poco perplejo… y respondió: “No lo tengo ahora por eso no puedo mostrártelo”.
“Bien, entonces, dijo el maestro, “tráemelo cuando lo tengas”.
El joven frunció el ceño… “Pero no puedo traertelo justamente cuando lo tengo”, protesto el estudiante. “Aparece inesperadamente, y seguramente lo perdería antes de poder alcanzártelo a ti”.
“En ese caso”, le dijo el maestro, “no puede ser parte de tu verdadera naturaleza. Si lo fuera, me lo podrías mostrar en cualquier momento. Cuando nacíste no lo tenias, entonces debe haber venido desde el exterior. Sugiero que cada vez que se apodere de ti, te golpees con un plato hasta que el mal genio no pueda soportarlo y se vaya”.
La próxima vez que te sientas enfurecido, ve y corre alrededor de la casa, siete veces, y luego siéntate debajo de un árbol y observa donde se ha ido la furia. No te has reprimido, no la has controlado, no se la has arrojado a otra persona…
La cólera es solo un vómito mental… No hay necesidad de arrojarlo encima de nadie… Corre un rato, o coge una almohada y golpéala hasta que tus manos y tus dientes se relajen.
En la transformación nunca controlas, solo te pones más alerta. La furia está sucediendo, es un hermoso fenómeno, es simplemente como la electricidad en las nubes…
Aun cuando esté ocurriendo la furia, si repentinamente te vuelves consciente de ella, desaparece. ¡Inténtalo! Precisamente en la mitad, cuando estas más acalorado y quisieras asesinar… de repente date cuenta, y sentirás que algo ha cambiado: tu ser interior se ha relajado…
Puede llevarle tiempo relajarse a tu capa externa, pero el ser interno ya se ha relajado. La cooperación se ha roto… ahora no estás identificado. Al cuerpo le llevará un rato enfriarse, pero en la profundidad del centro todo está frío…
Cuando te has enfriado puedes disfrutar el mundo entero. Cuando estás acalorado estás perdido, te identificas, ¡te confundes tanto!, ¿como puedes disfrutarlo?
Esto puede sonar paradójico, pero te lo digo: solo un Buddha disfruta este mundo.
Fuente

Arrojar nuestra ira a otra persona no resuelve aquello que la causó. Reprimir la rabia, tampoco soluciona nada. Si sientes la fuerza del enfado en tu interior, busca un momento de soledad, y sácala fuera de ti procurando no hacerte daño.
Cuando puedas estar nuevamente en calma, podrás pensar mejor, expresarte más apropiadamente y tener una conversación civilizada. Recuerda, de una discusión nunca sale una solución.

Viki Morandeira

Coach Ontológico

Cuento: El vendedor de “hot dogs”.

cuando soplan vientos de cambio unos construyen muros, Otros molinos

El miedo y una visión pesimista pueden hacer que nuestra realidad cambie. Cuando tenemos miedo, cuando creemos que la situación es mala, que podemos evitar correr riesgos, nos replegamos, tomamos decisiones para protegernos. Dudamos y perdemos la confianza en el momento en el que nos fiamos de opiniones en lugar de guiarnos por realidades.

A veces, nosotros no tenemos motivos reales, comprobados, para tomar esas decisiones, y sin embargo, hacemos cambios y decidimos consiguiendo un perjuicio para nosotros mismos. Con la idea de proteger o mantener una determinada situación, por miedo a la posibilidad de que la realidad empeore, a veces, nuestras decisiones, pueden encaminarnos a que aquel resultado negativo que imaginábamos finalmente sí se haga realidad.

¿Te parece si lo “hablamos” con un cuento? Este cuento, según donde lo he visto publicado, varía y el género que ofrecía el vendedor era diferente. En algunos blogs el dueño del puestito callejero vendía albóndigas de pan, en otro, con pan, en otro blog, vendía empanadas. No he podido encontrar el que yo leí por primera vez, en cuyo relato  vendía salchichas, pero intentaré reescribirlo.

Cuento: El vendedor de Hot Dogs

Junto a una carretera, con gran afluencia de público, por ser paso obligado para muchos destinos diferente, había un vendedor que tenía un puesto de comida. Desde hacía años, cada día, atendía este puesto, donde ofrecía los mejores hot-dogs de la ciudad. Le iba tan bien que con lo que ganaba en ese humilde puesto callejero, había podido enviar a su hijo a la universidad, a la gran ciudad.

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El vendedor de hot dogs siempre se había preocupado en ofrecer la mejor calidad. Había investigado mucho hasta dar con las salchichas y el pan apropiados. Y una vez que los encontró, siempre había acudido a la misma fábrica. Los transeúntes compraban sus bocadillos tanto para desayunar, como en la hora del almuerzo o ya al atardecer, antes de volver a sus casas. Su negocio prosperaba y estaba feliz por haber podido enviar a su hijo a una de las mejores universidades del país.

Un buen día, el muchacho acabó sus estudios y de la ciudad, regresó a su pueblo para ver a su familia. Recién llegado, conversando con su padre, le dijo:

-Papá, ¿no escuchas la radio, ni la tv, ni lees los periódicos?

A lo que el padre respondió que no, que entre ir a hacer las compras, mantener limpio su puesto ambulante y trabajar desde la mañana a la noche vendiendo hot dogs, pocas ganas le quedaban al llegar a casa para ver noticias. Y su hijo continuó diciendo:

-Estamos sufriendo una grave crisis, papá! Una de las peores, la situación es realmente mala, te aseguro que peor no se podría estar!!

El padre, escuchó las palabras de su hijo y pensó:- Mi hijo ha estudiado en la universidad, una de las mejores del país, y lee los diarios, ve televisión y está al tanto de las noticias. De seguro sabe mejor que yo lo que está pasando.

El muchacho, luego de unos días, volvió a la ciudad, donde buscó y encontró trabajo en una gran empresa. Mientras, su padre en el pueblo, pensando en la gran crisis que se avecinaba, comenzó a buscar salchichas más económicas, cambió de panadero y empezó a comprar un pan que era más barato, a fin de prepararse para la crisis.

Sus clientes habituales pronto notaron la diferencia, sus hot dogs ya no eran los mejores de la ciudad, y así, poco a poco, fue perdiendo paulatinamente su clientela. Las ventas fueros disminuyendo día a día.

Pasados unos meses, su hijo regresó un fin de semana para visitar a la familia, y le sorprendió ver a su padre en casa, en lugar de encontrarlo en su puesto de trabajo. Cuando preguntó a su papá que había sucedido con un negocio próspero de dos décadas, su padre le respondió.

-Tenias razón hijo.  Verdaderamente estábamos sufriendo una gran crisis y yo no  lo sabía.

El miedo puede hacer que tomemos decisiones que pueden afectar a nuestros proyectos, nuestros negocios. NO siempre las opiniones de los que se supone más instruidos serán apropiadas para todos. Confía en ti. NO dejes que otros te contagien su miedo.

La calidad, un trabajo bien hecho, son la diferencia entre un proyecto que soporta una crisis y otro que no.  Se fiel a tus principios, las crisis van y vienen, llegan y se van, pero tu prestigio, tu credibilidad, tu éxito, pueden verse afectados por tomar decisiones basadas en el miedo y no en la confianza en ti y en tu proyecto.

Este cuento tiene una moraleja, y es la de mantener el optimismo, no fijarnos solo en el corto plazo, sino analizar la situación a largo plazo, tomar decisiones pensando en todas las posibilidades, no en una sola. Y que es mejor que la gente te busque por tu calidad y no por tu precio, siempre habrá alguien que esté más necesitado y trabaje o venda más barato que tú.

Viki Morandeira

Coaching Ontológico

Fotos: Morguefile

 

Cuento: El viajero Sediento

 

 

 

En la vida, nos encontramos con personas sedientas…. personas a quienes solo les interesa su sed. Si te reconoces en este relato, recopilado por Ramiro Calle, en su libro 101 Cuentos Clásicos de la India, no te culpes ni te autocritíques.

 

El ver nuestros defectos es el primer paso para cambiar. Nadie puede reparar un neumático pinchado hasta que se da cuenta que está pinchado, ¿Verdad? Nosotros, somos algo parecido. No podemos “repararnos” hasta que no notamos el fallo. Un neumático pinchado hace que un coche se desvíe ligeramente hacia un lado, ¿alguna vez te ha pasado? Pues en tu vida, si notas que te estás desviando….. mira hacia adentro y puede que sepas de donde viene el problema!

 

 

Lentamente, el sol se había ido ocultando y la noche había caído por completo. Por la inmensa planicie de la India se deslizaba un tren como una descomunal serpiente quejumbrosa.

 

Varios hombres compartían un departamento y, como quedaban muchas horas para llegar al destino, decidieron apagar la luz y ponerse a dormir. El tren proseguía su marcha. Transcurrieron los minutos y los viajeros empezaron a conciliar el sueño. Llevaban ya un buen número de horas de viaje y estaban muy cansados. De repente, empezó a escucharse una voz que decía:

 

–¡Ay, qué sed tengo! ¡Ay, qué sed tengo!

 

Así una y otra vez, insistente y monótonamente. Era uno de los viajeros que no cesaba de quejarse de su sed, impidiendo dormir al resto de sus compañeros. Ya resultaba tan molesta y repetitiva su queja, que uno de los viajeros se levantó, salió del departamento, fue al lavabo y le trajo un vaso de agua. El hombre sediento bebió con avidez el agua. Todos se echaron de nuevo. Otra vez se apagó la luz. Los viajeros, reconfortados, se dispusieron a dormir. Transcurrieron unos minutos. Y, de repente, la misma voz de antes comenzó a decir:

 

–¡Ay, qué sed tenía, pero qué sed tenía!

 

Este mismo cuento, lo conozco en su versión árabe. Donde no van en un tren, sino en una carabana de mercaderes a lomos de sus camellos. La tradición oral es algo fantástico, que no debe perderse.

 

*El Maestro dice: La mente siempre tiene problemas. Cuando no tiene problemas reales, fabrica problemas imaginarios y ficticios, teniendo incluso que buscar soluciones imaginarias y ficticias.

Si te reconoces como el viajero sediento, estupendo!! El primer paso para mejorar en algo es reconocer que hay algo que podemos mejorar. Quejarse no suele ser beneficioso, ocuparse de eso que nos incomoda, si. Y si te ha tocado en este viaje algún compañero como el viajero sediento, quizás sea bueno que aprendas a evitar que su negatividad drene tu energía y te deje sin fuerzas… Las personas tóxicas no saben que lo son. Pero sí tú si lo has notado, seguir sin hacer nada puede ser también negativo para ti.

Viki Morandeira

Tu Coach Personal

 

Hay cosas que no se pueden perdonar ¿o sí?

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A lo largo de nuestra vida todos hemos sentido que nos lastimaban. Y no me refiero a un dolor físico, a un golpe, sino a ese dolor emocional que se nos queda dentro cuando alguien hizo algo que no esperábamos, o cuando no hizo algo que sí esperábamos. Podemos tener incluso situaciones que no hemos perdonado y que han ocurrido muchos años atrás.

Vivir sin perdonar a las personas que nos han lastimado implica tener ese dolor presente, esa herida abierta y escarbarla cada vez que recordamos lo ocurrido. ¿Podemos hacer algo? Si, podemos perdonar.

Perdonar es algo simple.

Si en este momento sientes en tu interior que estoy equivocada, que no tengo ni idea de lo que digo y que algunas cosas no se pueden perdonar, te entiendo perfectamente. Hay ofensas que sentimos tan grandes, que dañan nuestro interior de una manera tal que resulta imposible creer que se pueda llegar algún día a perdonar.

Cuando te cuesta perdonar, es necesario que te preguntes: ¿quien sufre en este momento? Tú. ¿Verdad? Cuando uno no ha perdonado algo, es la principal persona que sufre. Es necesario recordar qué perdonar, es, en si mismo, un acto en el que dejamos de sentirnos víctimas de un verdugo. Perdonar es hacer las paces con el pasado, para poder continuar avanzando hacia el futuro sin ese lastre, sin esa herida abierta y sangrante que cada tanto se vuelve a abrir y vuelve a doler. ¿Qué pierdes si perdonas?

A menudo, creemos que lo que nos han hecho es algo tan grave que no puede perdonarse. Creemos, erróneamente, que al perdonar al otro, le liberamos de la culpa o de la responsabilidad sobre lo que sucedió. Pero te has parado a pensar en lo siguiente: ¿hay personas a las que no perdonas que ni siquiera saben que aún las culpas? A veces, en las relaciones de pareja, llevamos una lista de las ofensas del otro, y nos cuesta muy poco, en cualquier discusión, sacar la lista y echarle en cara cosas que sucedieron hace tiempo…

¿A quién hacemos daño con esto? A nosotros, a nuestra relación con esa persona, a esa persona.

Perdonar es algo que hemos hecho ya en el pasado y nos ha permitido recuperar la sonrisa. ¿Y si ahora, para recuperar la paz, la sonrisa, necesitáramos perdonar nuevamente? Te entiendo, se lo doloroso que es pasar por algunas situaciones que nos dejan una herida profunda, y que puede causar incredulidad que nos digan que perdonar es algo simple. Cuando digo simple, no me estoy refiriendo a que sea fácil. Perdonar duele porque implica recordar la ofensa. Perdonar duele porque implica hurgar en esa herida que aún está sin cicatrizar.

Pero a pesar del dolor, más duele no perdonar. No es tan complicado, no necesitas a nadie más que a ti mismo, que a ti misma para procesar el perdón. Ni siquiera hace falta que alguien te pida perdón para elegir perdonar. Tampoco hace falta que le digas a esa persona que le has perdonado. Es algo tuyo y quien más sale ganando eres tú.

Hay dolores antiguos y dolores nuevos, pero todos se pueden limpiar, todos se pueden perdonar de la misma manera. Es necesario querer aprender como perdonar y soltar.

1º Decide perdonar. 

Cuando decidimos perdonar estamos decidiendo liberarnos de un peso, estamos decidiendo estar en paz con el pasado, estamos eligiendo para nosotros la libertad. Toma esa decisión, con calma, por ti, por nadie más que por ti. Tómate el tiempo que necesites, pero una vez que decidas perdonar, es necesario abandonar el impulso de seguir viendo a esa persona como culpable y a ti como víctima.

2º ¿Qué sucedió?

 Muchas veces, en el proceso de perdonar, intentamos hablar con la otra persona y nosotros tenemos un punto de vista sobre lo sucedido, y la otra persona tiene otro. Ahora, quien está procesando el perdón eres tú y por eso, vamos a centrarnos únicamente en lo que a ti te sucedió. Es necesario poder aclarar bien para nosotros mismos cuál fue la ofensa y qué fue lo que ocurrió. Algunas veces, al hacer esto, nos damos cuenta que teníamos expectativas que no se cumplieron y que quizás hemos tomado algo como una ofensa, pero no había intención en el otro en hacernos daño.
3º Escribe cómo te sientes
No es imprescindible que le digas a la otra persona cómo te sientes. Este es un punto que hay que valorar y preparar una charla muy bien si hemos decidido hablar con la persona a quien deseamos perdonar. Es necesario que sepas qué emociones sientes, que no empieces hablando (o escribiendo) del otro, sino de ti, de lo que te ha dolido. Puedes escribir una carta para libertarte de estas emociones, aunque no entregues nunca la carta.
4º Perdona
Una vez que hayas dado los tres pasos anteriores, llegó el momento de liberarte del dolor, de perdonar, de elegir dejar de ver al otro como culpable de tus emociones. La vida a menudo no es como esperábamos y nos tocará aprender a vivir con ello. Es el momento de trabajar en ti para aumentar tu resiliencia, tu capacidad de superar la adversidad.
Hay otro punto que necesitamos también encarar. ¿Cómo volver a retomar la relación con esa persona a quien no habíamos perdonado?
En principio, la reconciliación no es un paso imprescindible. Podemos perdonar situaciones que fueron muy dolorosas pero podemos no desear ni necesitar reconciliarnos con esa persona. Por ejemplo, se puede perdonar a la amante de tu pareja, pero que no te interese en absoluto ser su amiga ni tener ningún tipo de relación con ella. Por lo que no sería necesario dar el paso de la reconciliación.
En cambio, si la persona a la que has decidido perdonar es alguien con quien si deseas volver a hablar, volver a tener una relación, entonces habrá que plantearse hacer las paces. Este es un paso difícil. Nadie quiere remover situaciones que ya han pasado hace tiempo y que pueden generar discusiones, conflictos. Pero el plantemiento, para hacer las paces, ha de ser diferente.
No vas a hablar con esa persona para “remover” lo que pasó.
No vas a hablar con esa persona para que te pida perdón.
Tampoco vas a hablar con esa persona para decirle que le has perdona.
Quieres volver a poder hablar y compartir un rato sin ese dolor que hasta ahora sentías. A veces, aunque hayamos perdonado, las heridas aún están muy “frescas” y necesitamos dejar pasar un tiempo. Perdonar en ningún caso es lo mismo que olvidar. Los recuerdos funcionan de manera aleatoria, y habrá quizás momentos, canciones, personas, nombres que todavía te recuerden esa situación que te dolió. Date el tiempo necesario para que puedas pensar sobre el pasado sin dolor, sin sufrir.
Hace un par de días, leía en Pinterest  una frase que es muy gráfica para comprender que hemos hecho bien el proceso del perdón. Decía así:
Perdonar es poder ir la pasado y volver ileso.
A menudo, nos centramos solo en lo que nos ofendió o dolió a nosotros, sin tener en cuenta que quizás en esa discusión dijimos cosas muy feas que también han dolido a la otra persona. Por eso, para poder tener una reconciliación plena, es necesario pedir perdón. Incluso aunque la persona ofendida seas tú. Si, incluso así. Porque es necesario separar lo sucedido, lo que a ti te dolió, de las emociones de la otra persona. ¿Eres consciente de cómo reaccionaste en ese momento? ¿Dijiste o hiciste cosas que le pueden haber causado dolor cuando estabas enfrascado en tu propio dolor? Entonces, pide perdón, además de perdonar.
Pedir perdón es un gesto de valentía, perdonar, un gesto de fortaleza, y no remover el pasado, dejárlo en el olvido es un gesto que te dará felicidad.

 

Hazlo por ti. Por tu propia felicidad.
Viki Morandeira 
Coach Ontológico